Olvida la promesa de alegrías más altas

 Hergé, como Hitchcock, nunca reparó en que sus trazos pudiesen ir a parar a algún otro sitio más allá de una viñeta, a escapar del plano que tan cuidadosamente había ideado. En los álbumes de Tintín se cuentan por montones los momentos en que algo sucede sin precedentes, demostrando que el interés del autor no estaba tanto en crear una máquina perfectamente engranada como un vehículo para que las emociones no dejasen de sucederse unas a otras, jamás atropelladamente pero sin permitirse un momento vacío o una línea inútil. Más que coartar su obra, esta sensación de que todo importa no hace sino reflejar la absoluta libertad conque el dibujante y escritor podía volcarse plenamente en todo lo que creía que merecía estar ahí.

El último número completo de la serie, Tintín et les picaros, lo realizó en un periodo donde ya nada lo obligaba a hacerlo, y eso la convierte en una de las más apasionantes aventuras del detective. Desprovistos quizá de esa creciente complejidad que se aprecia, sobre todo, hasta Le temple du soleil, los números finales de Tintín se caracterizan por centrar la atención en cosas mucho más pequeñas: Castafiore pierde sus joyas y la historia no excede las fronteras de la mansión de Haddock, L’affaire Tournesol es mucho más un ejercicio de despertar interés acerca de todo lo que sucede hasta que dan con el profesor que un misterio que resolver al final. Son muestras de una despreocupación plena por todo lo convencional, por todo lo presumible, y de una apuesta sin miedo (aparente) por la voluntad del artista que, desprovista de egoísmo, sirve al lector para comulgar sin remilgos con cada onomatopeya, cada tropiezo de Hernández y Fernández (Dupond y Dupont en el original), cada iluminación de Tintín, cada aparición de un personaje de un álbum de 20 años atrás.


Las historias de Hergé son ejemplos de la libertad como principio de unión entre las personas. En un mundo donde siempre están las puertas abiertas a todo, donde siempre existe la posibilidad de que la intriga se resuelva de repente gracias a una idea certera del protagonista, de un olfateo de su perro, en palabras de Bresson, “todo es gracia”. En unos dibujos aparentemente (al menos en los primeros álbumes, progresivamente va alcanzando momentos verdaderamente deslumbrantes y, más tarde, depurándolos hasta camuflarlos como regresando a un estilo más despreocupado, pero haciendo gala de un conocimiento del medio gráfico más que evidente) sencillos, con el mínimo de trazos posibles, todo se lee como gesto de su autor, desde la más sencilla viñeta de dos cabezas sobre un fondo monocromo con la mitad invadida por un par de bocadillos, hasta aquella sin texto plagada de acción y multitud de personajes. Libros en los que la psicología no tiene cabida, sirven como medio de aproximarnos a su creador, cuyas afinidades, intereses, todo aquello que le despierta alguna emoción, permea a través de las líneas y colores, de los excéntricos personajes que pueblan el mundo de Tintín.


Aunque parezcan obras, entonces, alejadas de nuestro mundo, autárquicas, al ser producto de una mente pensante, que no para de darle vueltas a cada dibujo y texto hasta encontrar lo que mejor funcione, es imposible no encontrar esa humanidad en ellos. A mí me recuerdan a mi amigo Aníbal, irresponsable como él solo, capaz de decir de todo sin más ambiciones que las de descubrir la cara que pone otra persona al oírlas, de mantener él la compostura mientras tanto y sembrar el desorden como forma de lo más divertida de habitar el mundo. En los libros de Tintín, existir ya es bastante como para poder hacer todo lo que a uno le venga en gana, para animar al de al lado a unirse al viaje y, si se quiere, para sospechar de sus perversas intenciones, al final son esas las que dan lugar a buenas aventuras.

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