Mis cosas favoritas
Las películas que más me gustan son bastantes más de la cuenta. Hablando con amigos me pasa con relativa frecuencia que me refiero a algo como "lo mejor de la historia", "la mejor del mundo mundial", "espectacular, increíble, inalcanzable" y semejantes incluso más hiperbólicos, pero no por eso me tacharía de mentiroso. Siento que (y ahora hablo de todo resultado de un acto creativo, del arte tal y como lo comprendía Jean Renoir al decir que éste era el modo en que se practicaba cualquier actividad humana) se pueden reconocer multitud de cimas, cada una diferente o parecida al resto, sin que eso implique contradecirse a uno mismo más de lo que es natural en cualquier persona. Ciñéndome al cine, que es lo que personalmente hace tiempo que más me interesa, es común encontrar dificultades a la hora de decidir las preferencias de uno, tanto que creo que lo más fácil y normal es decidirlas algún día concreto y después no cuestionar demasiado dicha selección hasta que sea insostenible o, por gracia divina, alcance uno un momento de gran revelación que lo conduzca a la toma de una decisión con gran claridad.
Escribo esto un día después (aunque ayer fue cuando más pensé en ello) de haber tenido una tarde particularmente intensa en la que decidí salir a recorrer un paseo que frecuentaba hace años con mis amigos. Solíamos hacer el camino que bordeaba el río Caudal y, para más inri, lo empezamos a hacer durante el verano, por lo que los más importantes recuerdos ambientados en él están bañados por una luz impresionante y con la alegría de poder ir poco abrigados mientras comíamos helados. Claro que pasamos mucho tiempo a oscuras por allí (difícil hubiese sido que no, dado lo malo del sistema de alumbrado con que estaba dotada aquella zona), pero si no es recordando anécdotas concretas -debo decir que más de una se encuentra entre los momentos más divertidos que haya vivido nunca- no es la idea que se me viene a la cabeza. El caso es que mis amigos, desde hace ya un tiempo, no quieren volver por allí, prefieren pasear por nuestro mundo más urbano y yo, melancólica o, me temo, incluso nostálgicamente, me dispuse a repetir ayer ese recorrido. Escribo de un 27 de octubre en Asturias, lo que supone que poco después de las 7 la noche se apodera del más pequeño ápice de luz natural y que la lluvia no era la más ligera, pero esto no me amedrentó. De todos modos, como ya estaba yo sensible, el marco narrativo no ayudó y el paseo no era el paisaje tan bonito que yo tenía en mente. Debo decir que para salir me había preparado una lista de veintitantas canciones de entre esas muchas que considero las mejores y éstas fueron el acompañamiento sonoro de mi caminata. Justo cuando pasaba El Otro Banco de Siempre, el que una vez había sido nuestro banco de siempre del río, el que en tantas ocasiones había sustituido al verdadero Banco de Siempre, empezó a sonar una canción que tardé más segundos de la cuenta en reconocer y, mientras me esforzaba por lograrlo, no dejaba de pensar que nada mejor podría estar sonando en ese preciso momento. Era "The calm before the storm", que claro que es la mejor de todas las canciones del mundo (Rubén Blades es responsable de unas cuantas de estas), pero la siguieron varias que me causaban la misma impresión. Acabé bailando más de una a lo Gene Kelly sin necesidad de más que eso, sentir que a través de mí estaba sucediendo lo más grande, y me parecía muy bonito que esto lo ocasionasen más de una o de dos canciones.
Me pasa con estas mis cosas favoritas como con la gente o los sitios con quienes/donde soy feliz, que nunca parto del supuesto de que puede haber algo malo en ellos (que no se entienda esto como una apología de la presunción de inocencia) y de que habrá algo realmente importante en ellos que me lleva a esos momentos tan especiales. Si no puedo decir que todos mis mejores amigos lo son no lo puedo decir de nadie y si no puedo escoger unos cuantos sitios como aquellos que más grandes recuerdos me han procurado ninguno destaca frente al resto. Al final siento que vivo tanto mediante la gente como mediante las películas, los libros y las calles que recorra y no siento que el resultado del esfuerzo y la representación de los sentimientos de nadie tenga por fuerza que ser superior a la de ninguna otra persona, que la capacidad de ser persona de todo el mundo es la misma y me exijo confiar en ellos para tener que esforzarme yo también. Y es bien fácil: lee o lee de nuevo el título de esto. A juzgar por él, John Coltrane no es sólo un grande sino que podemos afirmar que es el mayor, que nadie ha estado por encima de él pero, ¿no pasaría lo mismo si hubiese escrito "Un amor supremo", "Ascensión" o "Tren azul"? Y eso sólo quedándonos con él, pero que también podría haber escrito "Leo McCarey. Sonrisas y lágrimas", "Treasure island", "Bande à part", "Demolition 23", "Toda esta energía", "Donovan's reef", "Los ojos de Kristen Stewart y el juego de manos de Cary Grant" o una infinitud de otras palabras y todas seguirían siendo las primeras, "Mis cosas favoritas".
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